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Una caravana exitosa que no necesitó de lideres violentos ni gomas quemadas para trascender

En general, la coyuntura de las marchas y manifestaciones en Argentina se caracteriza por un quiebre abrupto en la tranquilidad de la rutina social. O por lo menos, es a lo que estamos acostumbrados.  Escuchamos la palabra protesta y nuestro inconsciente nos lleva directamente a pensar en las consecuencias negativas que estas pueden llegar a generar; más allá del fin por el que se vayan a realizar, el cual casi siempre tiene que ver con la obtención de derechos que de algún modo les son negados. Algo que por supuesto nunca va a estar en discusión.

Sin embargo, sabemos que detrás de esas manifestaciones, las cuales en la gran mayoría tienen un trasfondo político,  hay líderes piqueteros que conducen a la gran masa a su antojo,  atendiendo a sus intereses particulares. Cánticos insultantes, una que otra goma quemada y hasta daños en el mobiliario urbano, es lo que lastimosamente solemos observar al término de cada protesta. Pero ayer, aprendimos que las excepciones existen.

La marcha de los trabajadores de la salud en Alta Gracia, como en tantos otros lugares, no requirió de nada de eso para convocar multitudes y trascender. Los guardapolvos blancos se hicieron sentir en una caravana donde el único ruido fue el de las bocinas y los aplausos de algún vecino que se asomaba a expresar su apoyo.

Uno de los sectores historicamente olvidados por el Estado, que trabaja en silencio sin horario y «por dos mangos» y que ayer hizo la punta sin necesidad de tener que enfrentarse con la policía. Más de un sindicalista quedó boquiabierto con semejante convocatoria, la cual tampoco tuvo ninguna presión política.

Lo de ayer nos da una lección, sin duda. Los médicos están siendo maltratados por una sociedad egoista y desagradecida. Si, esta sociedad, nosotros. Y se manifestaron ante el hartazgo. Si después de esto no lo entendimos, nos falta mucho por aprender y sobre todo, por imitar.

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