Sociedad

“En lugares como Somalía la vida no vale ni una moneda”

“Soy modelo 60”, es una de las primeras cosas que nos cuenta Miguel Mitelsky al charlar sobre su experiencia de vida y su trayectoria como piloto profesional de aviones. El, que tiene licencia de piloto de transporte de línea aérea, prefiere decirles “aeronaves”. Y la realidad es que buena parte de su vida la ha transcurrido por los aires del país y del mundo.

Hoy, este altagraciense por adopción (nació en la zona rural de Rafael García) es miembro de una empresa de derivación aeromédica de alta y media complejidad que trabaja en todo el área del Mercosur. Una tarea que no le es nueva, porque ya la ha venido realizando desde hace tiempo.

“A los 10 años soñaba con ser piloto. A los 17 ya lo había logrado. En las aeronaves he realizado todo tipo de trabajo. Desde la docencia hasta operativos humanitarios”, cuenta Miguel a la hora de resumir su vida profesional.

Del campo al cielo
“Nací en una zona rural entre Rafael García y Despeñaderos, en un campo que el gobernador Nores Martínez le había entregado a sus abuelos que luego de la Segunda Guerra Mundial buscaron huir de los tentáculos del comunismo en su Polonia natal.

Les adjudicaron tierra que era monte virgen, a cambio que la trabajaran, y eso hicieron. «En ese ámbito se crió mi padre y más tarde me crié yo”, narra Miguel quien por otra parte recuerda que “éramos bien de campo, con parámetros culturales que marcaban que trabajar era lo más importante, y la educación era más que secundaria. A mí me obligó a estudiar el Estado, porque en los parámetros sociales que había, la educación era saber sembrar y cosechar. Una señora de la zona del centro, por vocación, enseñaba a leer y a escribir. Mi padre aprendió a hacerlo con ella. Con el transcurrir del tiempo, mi padre se fue quedando aislado de una sociedad que cambiaba. No quería mandarme a la escuela, me fueron a buscar a mi casa y casi que lo obligaron a anotarme”.

Pero ese pibe que fue creciendo entre el maíz y el poroto, soñaba con volar. Hoy es un hombre de 56 años que tiene su licencia de piloto de transporte de línea aérea, o sea lo máximo a lo que puede aspirar quien tiene ganas de pilotear una aeronave. Y esta profesión lo llevó a conocer buena parte del mundo, y a palpar de cerca las bellezas y las miserias que se viven a diario.

La Guerra de Malvinas
Mitelsky es, además, Reservista de la Fuerza Aérea Argentina, y cuenta cómo fue esa historia: “En 1982, con el conflicto de Malvinas se convocó a un grupo de pilotos civiles con los que se conformó el escuadrón Fenix, que ya tenía antecedentes en 1978 cuando hubo un posible conflicto armado con Chile por el Canal de Beagle. En aquella época surgió la idea de que algunos pilotos civiles sirvieran de soporte a las fuerzas armadas.

En Malvinas, el problema que debía resolver la Fuerza Aérea era básicamente la navegación, ya que los aviones que poseía no tenían el equipamiento de navegación aérea para hacer una navegación segura 400 km mar adentro. Nuestra tarea con los aviones privados era la de volar adelante de los cazas, cuando estaban las islas a la vista, pegábamos la vuelta. Me tocó hacer cinco misiones de señuelo para distraer los radares enemigos y varias más de derivación médica para traer heridos al continente”.

Reemplazar al copiloto
Si épica fue su participación en la Guerra de Malvinas, increíble fue su ingreso a ese grupo de aviadores civiles que apoyaron a la fuerza aérea: “El avión Alfa Sierra Lima (que originalmente era de YPF) venía desde Buenos Aires, rumbo al Sur, con municiones, pero pierde comunicación con la base. Al ser detectado, y no responder, se pensó que el avión era enemigo y se ordenó derribarlo. Los cazas de nuestras fuerzas armadas estuvieron a 40 segundos de derribarlo. El copiloto, luego de aterrizar, entró en un shock del cual no salió nunca hasta que falleció en 1998. No pudo asimilar que hubiera estado a punto de ser atacado por sus camaradas. Yo lo reemplacé precisamente a él, en las tareas siguientes”.

Una vez terminada la guerra, Mitelsky trabajó durante dos años realizando servicios para la aviación del Ejército. “Se había perdido mucho material y muchas personas en las islas”. El resto de su historia estuvo y está relacionado a los aviones que siempre amó. Si bien su actividad principal siguió siendo la aeronavegación civil, también cumplió funciones para las Naciones Unidas (ver “Doné todo lo que gané en Africa”) en distintos lugares de una Africa política y socialmente convulsionada.

“Luego de haber participado de una guerra y de ser testigo de otras, de haber tomado contacto con distintas culturas y de conocer las miserias de quienes manejan los destinos del mundo, tengo la fea sensación que nos hacen vivir en una gran mentira”, nos deja como reflexión final.

647 FOTO CHICA PAG 6 - Diario Resumen de la región
“Doné todo lo que gané en Africa”

Después de Malvinas, los ingleses terminaron respetando muchísimo a los pilotos de nuestro país. Tanto que muchos de ellos terminaron trabajando para la corona británica en Africa. Suena raro, pero así fue. Eso si, bajo la figura de Naciones Unidas, pero manejando los hilos los ingleses. Trabajaron en transporte, evacuación, observación y en algunos casos instruyendo a pilotos africanos para contrarrestar la caza furtiva. En mi caso particular, llego a Africa como piloto civil al servicio de la ONU para una misión de amortiguamiento de la guerra civil que se dio en Mozambique. El país había quedado dividido en dos facciones (Renamo y Frelimo), disputándose el poder. Ello generó una hambruna generalizada. En ese ambito tuve que trabajar evacuando refugiados hasta Zimbabue, donde NU los atendía y los derivaba. Una vez, volviendo de Yemen donde llevamos refugiados, vimos cómo destruían a balazos los contenedores donde vivíamos. Si llegábamos media hora antes, terminábamos acribillados ahí dentro. Estuve un año y unos meses hasta que se “estabilizó” el conflicto, con unas supuestas elecciones que instalaron en el poder a un político funcional a Naciones Unidas.

En Africa hay gente que muere de hambre, literalmente hablando. Niños desnudos, desnutridos que deambulan entre las fronteras de un campamento a otro y así será toda su vida. Muchos quedan muertos de hambre o por enfermedades en el mismo lugar sin que a nadie le importe mucho. Existen lugares como Somalía donde la vida no vale un centavo. Eso lo vi a diario durante más de un año. En la ONU pagababan bien, unos 8 mil dólares por mes. Yo me volví sin una moneda. Doné todo lo que gané a una fundación que opera al norte de Somalía. Cuando uno ve esa realidad, donde más de la mitad de esos chicos tienen problemas motrices porque pisaron una mina, o que muere de hambre, no podés dormir tranquilo en una casa que me hubiera hecho con el dinero que gané allá”.

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