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Adma al límite de sus recursos

Cristina Gutierrez, directora de Adma, discutía con una vecina de Villa Camiares que pretendía dejar en el lugar una perrita «porque se peleaba con otra que tengo en casa». Ante la negativa de la directora por no tener más lugar, la vecina se retiró diciendo: «Entonces la voy a dejar en la ruta de donde la levante porque ustedes no se hacen cargo». La escena, presenciada casualmente por RESUMEN, sintetiza lo que a diario deben luchar en la fundación.

Personas de buen nivel adquisitivo que llegan pidiendo dejar un cachorro porque ya creció y dejó de ser juguete para sus hijos, perros comprados para entretener a los niños en vacaciones y luego descartados, perros levantados de la calle, perros arrojados por la tapia de la fundación por estar esta en horario de cierre o en vacaciones.

El cuadro es horrendo, no solo por la situación de los animales sino por las miserias humanas que muestran a diario. Con dos veterinarios pagos por el municipio, más un ayudante y una persona para las labores administrativas, el lugar ve sobrepasadas largamente sus capacidades edilicias y humanas de contención. De ser un sanatorio para perros castrados, pasa a ser un depósito de perros de la ciudad y de toda la región.

16 voluntarios permiten que la cifra mensual de castraciones fluctué entre 170 y 200, a lo que hay que sumar el aseo del lugar y la limpieza, donde se suelen acumular 37 a 50 perros y gatos en caniles amontonados en 40 metros cuadrados.

Los voluntarios se agotan sobre todo por la actitud de personas que llegan con cajas llenas de cachorros, empujan puertas y se enojan si no se les permite dejar a los animales en el lugar, amenazando muchas veces con dejarlos en la esquina. Un problema que como se ve, no es solo de espacio, ni de recursos. Es un problema de responsabilidad individual.

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